Para entender la diáspora chilena

PARA ENTENDER LA DIÁSPORA CHILENA: dimensiones transnacionales

Marcela Vera

 

La época en la que la migración implicaba la disminución y finalmente la pérdida de los vínculos con el lugar de origen, ha pasado a la historia. Siendo antes la asimilación la perspectiva dominante, para visibilizar los procesos que antes estaban a la sombra y estudiar los procesos migratorios y la globalización desde abajo, hoy se ha empezado a usar la perspectiva transnacional. La idea de que “una cultura” es lo mismo que “un pueblo” en un determinado lugar, también ha pasado a la historia. Las nuevas tecnologías dentro de la comunicación y el transporte han creado un mayor flujo de voces y acciones que han hecho las fronteras nacionales más difusas y han dado lugar a una variedad de nuevas formas sociales.

Para muchos migrantes, el diario vivir se desarrolla en varios lugares geográficos a la vez. Las relaciones, la economía, las metas y las identidades se forman dentro de un contexto social que se extiende más allá de las fronteras nacionales. A través de las relaciones transnacionales se únen distintos mundos geográficos que en muchos casos llegan a ser una “patria” compuesta por varios lugares. Aunque hoy en día también se puede ser transnacional sin haber emigrado, a través de los discursos mediáticos, los intercambios simbólicos, las pautas de consumo y la circulación de bienes culturales. Así mismo, no todos los inmigrantes son transnacionales, ya que hay quienes a partir de su situación migratoria pueden no establecer o no mantener vínculos políticos, sociales ni económicos con sus lugares de origen.

La familia y los amigos forman la base de la mayoría de las redes transnacionales. En lo que se refiere a la familia, hablamos de la “familia global”, cuyos miembros se hayan dispersos en distintos países, o quienes, aún viviendo en el mismo espacio geográfico pertenecen a distintas culturas. Así nos encontramos con chileno/as que tienen hijos, hermanos, sobrinos (etc.) de otras nacionalidades, con familias que viven en distintos países y que tienen distintas costumbres culturales o hablan distintas lenguas. Para estas familias, “la patria” no suele ser una sola, si no que varias a la vez.

Según Ulf Hannerz, uno de los más importantes exponentes de la antropología transnacional, estar en movimiento a través de las fronteras constantemente, hace que los significados sean más duraderos. Para mantener la cultura en movimiento, las redes y los actores transnacionales tienen que inventar la cultura, reflexionarla, experimentarla y recordarla (o registrarla), debatirla y transmitirla.
Hannerz sostiene que la globalización no es lo mismo que homogenización cultural. Para él, la “cultura global” no debe entenderse como una uniformidad impuesta, si no que como una diversidad organizada. La globalización no implica que las personas adquieran una identidad global, si no que hace que la diversidad cultural sea organizada de nuevas formas. De estas nuevas formas culturales nos habla también Gerd Baumann (1997), quien sostiene que en el barrio de inmigrantes de Londres se distinguen dos discursos paralelos con respecto a la multiculturalidad y a “la aldea global”: el de la oficialidad, y el de la población de origen inmigrante. Aparte del discurso creado por las autoridades y los medios, (como en muchos países) los londinenses de origen extranjero han creado su propio discurso, además de su propia cultura.

Para Arjun Appadurai, el problema central de la interacción global actual es la tensión entre homogenización y heterogenización cultural (en Croucher, 2004). El argumento de la homogenización tiende a no tomar en cuenta la fuidez y la dinámica de las culturas locales. Pero las culturas no son entidades estáticas y uniformes completamente vulnerables a alteraciones impuestas por fuerzas exteriores. Cuando varias culturas conviven y/o interactúan por un largo tiempo, lo que resulta son nuevas formas culturales, que no derivan completamente de la una o de la otra cultura (Hannerz, 1996).

De esta forma, las diásporas crean nuevas formas culturales. La organización social de las comunidades de la diáspora no está compuesta por ambigüedades, como los individuos no-transnacionales suelen describirla o entenderla. Para las personas transnacionales de la diáspora se trata de una totalidad transnacional con un doble (o plural) marco existencial de referencia.
Muchos estudios muestran que los transmigrantes se han posicionado a sí mimos dentro de su complejo mundo social y han creado nuevas formas de lenguaje y de comprensión, variedades de los idiomas, sistemas de estandarización lexical entre varios idiomas, y en general, han dado origen a idiomas más globalizados. Por sobre todo, han adquirido identidades dobles o plurales, que no están ancladas a un discurso nacionalista de la identidad. Esta identidad doble o plural no es problemática para el individuo, pero se hace problemática a causa de la categorización que hace el entorno dentro de la Nación: debes ser o lo uno o lo otro, “nosotros o ellos”. Ser las dos cosas es difícil de aceptar para quienes no poseen una identidad transnacional.

La transnacionalidad es un nuevo modelo conceptual de entender cualitativamente distintos flujos, redes y prácticas de la gente, de las ideas, y del capital. En la práctica se trata de cruzar fronteras, romper límites, y de transgredir las formas establecidas del pertenecer. Al hacer esto, lo que se está transgrediendo son las fronteras y los límites del Estado. Pero hoy las fronteras geográficas son menos significantes, el territorio menos determinante que antes, y cruzar fronteras es menos unidireccional, irreversible y permanente. Appadurai (1996) sostiene que ha nacido una variedad de formas sociales postnacionales complejas, que son más diversas, más fluidas, más ad-hoc, más provisionales, menos coherentes, menos organizadas, y simplemente menos implicadas en las ventajas comparativas del Estado-Nación.

Estas formas sociales transnacionales de la que forman parte miles de chilenos sigue siendo ignorada dentro de las fronteras chilenas y no ha sido incluida en las políticas de gobierno que se dicen apuntar hacia un acercamiento de los chilenos del exterior con los del territorio nacional. El gobierno y la sociedad chilena no reconoce que existe una cultura nueva creada por la diáspora chilena tras las tres décadas de exilio, por la que existe mucho más interés en el exterior, que en el territorio nacional. Tampoco ha sabido aprovechar el aporte que esa cultura podría ser para el país, tanto a nivel cultural como económico.

Quienes viven dentro de campos sociales transnacionales están expuestos a un conjunto de expectativas sociales, de valores culturales y patrones de interacción que son compartidos dentro de las fronteras de la Nación. Para quienes no poseen una identidad transnacional es difícil comprender que para los transnacionales no hay diferentes comunidades (“allá y acá”), si no más bien una comunidad constituida por la transnacionalización de las estructuras políticas, económicas, culturales, de género y generacionales. Los más jóvenes se sienten obligados a tener que elegir entre “allá y acá”, entre ser “chileno/a” o no ser chileno/a. Deberíamos ver la diversidad cultural como una creciente conección, o unión de variaciones culturales locales, que incluya el desarrollo de las culturas que no tienen un arraigo claro en algún territorio específico. A esta unión de variaciones, los individuos se pueden relacionar de distintas maneras, como cosmopolitas, y como locales.

Referencias:

Appadurai, Arjun. 1996. Modernity at large: cultural dimensions of globalization. Minneapolis: University of Minnesota Press.

Baumann, Gerd 1997. Contesting Culture. Discourses of Identity in Multi-ethnic London. Cambridge University Press.

Croucher, Sheila. 2004. Globalization and Belonging: The Politics of Identity in a Changing World. New Millenium Books in International Studies.

Hannerz, Ulf. 1996. International Connections: culture, people, places. London and New York : Routledge.


 
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