el Clavel Negro

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Harald Edelstam era embajador de Suecia en Chile cuando fue el golpe militar de 1973. Dentro de poco se estrenará el largometraje “El Clavel Negro” (como le llamaban), sobre sus hazañas durante ésa época. Una rambla en Montevideo lleva su nombre (Rambla Costanera Harald Edelstam), pero en Chile no se le ha dado el reconocimiento que se merece. Antes de ser declarado “persona non grata”, Edelstam salvó la vida de miles de  personas,  tanto de chilenos como de otros latinoamericanos que residían en Chile, entre ellos un grupo de más de 50 uruguayos condenados a muerte, a los que Edelstam personalmente fue a rescatar del Estadio Nacional. Antes, durante la segunda guerra mundial, siendo diplomático en Berlín y viceconsul en Oslo, sacó a cientos de judíos hacia Suecia. Tambien en Polonia, Turquía, Indonesia y Centroamérica ayudó a personas en problemas, generalmente doblegando las reglas y traspasando la legislación.

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“PUEDO DECIR TRANQUILAMENTE QUE EL FILM SOBRE MI PADRE   

   ESTÁ MUY LEJOS DE LA VERDAD”

El 10 de diciembre de 1973, el embajador de Suecia en Chile, mi padre Harald Edelstam, aterrizó en el aeropuerto de Arlanda con mucha bulla. Una muchedumbre de refugiados políticos de Chile lo esperaban con letreros y ramos de flores, y una multitud de medios de comunicación. Harald había tenido éxito en el arte de ser el primer diplomático sueco declarado ”persona non grata”. O, como lo expresó el Ministerio chileno de Relaciones Exteriores : ” su persona grata ha dejado de tener validez.”

Mi hermano Hans estaba allí cuando Harald bajó del avión como loco, aclamando y envuelto en una gran bandera chilena. Toda la multitud aplaudió y todas las cámaras fotográficas relampaguearon. Mi hermano Hans estaba al lado de Sverker Åström, Secretario de Asuntos Exteriores. Después nos contó que mientras más Harald aclamaba, más amargo se veía el rostro del secreatario. Yo ví el espectáculo por televisión y me parecía irreal ver a mi digno y moderado padre en ese rol. La expulsión de Harald fué el cúlmine de una larga y asimetrica lucha de casi tres meses contra la Junta Militar, que había tomado el poder y había comenzado una campaña de exterminio de los oponentes.

Harald con su  espíritu de justicia y humanidad, no podía estar tranquilo. Siempre nos enseñó a nosotros sus hijos, cuán importante era ayudar a nuestros semejantes en peligros y necesidades, nunca había que justificar o permanecer indiferente ante el ataque del más fuerte contra el más débil. Lo paradoxal fué que él mismo fué menospreciado e ignorado por sus jefes, sus colaboradores y el Ministerio de Relaciones Exteriores durante casi toda su vida laboral. Podemos decir que a veces él hizo gala de su gran presencia, como en esa ocasión de su regreso en ela eropuerto. Harald se había hecho de enemigos en el Ministerio. Uno de ellos era el jefe político Wilhem Wachtmeiter. Escribió sobre Harald de manera odiosa y despectiva en sus memorias . Lo había perseguido y hecho mofa de él durante años. He podido comprobarlo en la correspondencia entre Harald y el Ministerio de Relaciones Exteriores, o el ”Gabinete” como se llama a las comunicaciones internas. Fué Wachtmeister el que leía los informes de Harald desde Guatemala y Chile, y despues criticaba y censuraba lo que formulaba.

 

 

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Erik Edelstam y su padre

Lo que molestaba al ”Gabinete” y por supuesto a la Junta Militar en Chile era el hecho de que Harald hablaba todos los días con los periodistas. Quería despertar a la opinión pública mundial. Nadie sabía, en esos momentos, realmente qué ocurría en las cárceles y en los centros de tortura que los militares habían instalado. Harald sabía y quería hablar de ello. Después del Golpe Militar empezaron a dejarse caer cientos de personas que buscaban asilo político en la embajada sueca. Algunos saltaban las rejas con peligro de que la vigilancia militar disparara sobre ellos. Para Harald no hubo alternativas, simplemente los dejó entrar, sin la menor duda. Esto colocó al Gobierno Sueco ante un ”fait accompli” Un hecho consumado. Aquellas personas a las que no podía recibir por falta de espacio, las llevaba personalmente a sus colegas de otras Embajadas que en muchas ocasiones, contra su voluntad se vieron obligados a recibirlas. Harald inició una campaña para convencer a sus colegas embajadores de que prescindieran de formalidades diplomáticas y recibieran a los refugiados, y tuvo éxito. De esta manera puede decirse que directa o indirectamente salvó la vida de miles de personas.

Harald tenía todo el tiempo el apoyo de Olof Palme, a quién conocía desde años. Lisbet Palme me ha contado como Harald llamaba por las noches a su casa. Olof Palme se sentaba en la cocina y allí discutían por teléfono cómo hacer y cómo salvar más vidas. Por eso Harald se sentía absolutamente seguro y sentía que podía recibir las críticas airadas del Sr. Wilhem Watchmeister sin preocuparse demasiado por ellas. Pero no tenía ningún apoyo del Ministerio de Relaciones Exteriores sueco. Su hermano Alex, que estaba en el Consejo Directivo del Ministerio, cuenta que él era él único que lo apoyaba. Todos los demás habían querido ue regresara a Suecia.

Cuando regresó de Chile, Harald se encontró con un ambiente de hielo, nadie le hablaba o le ofrecía compañía. A la hora de la colación, nadie se sentaba a su mesa. Sólo los colaboradores más jóvenes opinaban que había realizado una buena tarea. Y dígase lo que se diga de Harald, que a veces hizo declaraciones ofensivas provocativas, la verdad es que le salvó la vida de miles de personas. Sus prejuicosos colegas, a lo más habían ayudado a algún huesped borracho en un cocktailparty. El Gobierno sueco tambien lo decepcionó. Harald había esperado que lo destinaran como embajador a algún país europeo, después de tantos años de servicio diplomático en Asia y América Latina, porque quería estar cerca de su familia y amigos.


Pero el Ministro de Relaciones Exteriores Sven Andresson y Palme, no le dieron apoyo. Lo mandaron a Algeria, con algunas vagas y difusas motivaciones. Palme le dijo a Harald que Algeria era un país importante, donde Suecia necesitaba exportar. Harald se sintió tremendamente decepcionado y permaneció cinco años en Algeria, un país poco interesante y donde no pasaba nada, hasta jublilarse.

Debió haberlo pensado mejor. Ya tenía experiencias al respecto. Cuando regresó a Suecia en l944, después de haber servido un cargo diplomático en Noruega, también tuvo mala acogida. Había sido activo en el movimiento de resistencia de Noruega (“Hjemmafronten”), y le salvó la vida a miles de personas, entre ellos muchos judíos. El gobierno noruego se edel exilio se enteró de que la Gestapo lo andaba buscando y se lo advirtió. El ministro noruego en Estocolmo, Jens Bull, recibió la promesa del gobierno sueco de que no le pasaría nada a Harald. En Noruega ya era visto por el pueblo como un héroe de guerra. Pero el ministro de Relaciones Exteriores Christian Günther, le dió como castigo el trabajo de revisar cuentas de viajes, sentado en el zócalo del ministerio. Hoy es el estreno de gala de una película sobre Harald en Chile durante los primeros meses del Golpe Militar.

No he visto el film, pero he leído el manuscrito, y me preocupa mucho. Dado que estoy terminando una biografía sobre mi padre conozco exactamente qué ocurrió. El entonces corresponsal de Radio Suecia Jan Sandquist, que estaba en Chile cuando todo sucedió, me ha informado de todo. He reconstruido cada cosa que hizo Harald, minuciosamente. Puedo decir tranquilamente que el film está muy lejos de la verdad. La investigación para la película ha sido muy mal hecha, se puede ver incluso en los detalles. El director del film , Ulf Hultberg, reconoce que mucho de lo que hay en la película es una trama imaginaria, y dice que Harald como persona pública se presta para una pelicula medio ficticia. Yo prefería llamarlo una falsificación histórica. Piensen si  el público piensa que Harald de verdad fué una persona como la que se presenta en el manuscrito del film. ¿Se merece que lo traten así, o tendrá que seguir siendo maltratado aún despues de su muerte

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HARALD EN LOS DÍAS DE CHILE

 


por Pepe Viñoles. Diario Liberación, Suecia. 

En octubre de 1973 conocimos a Edelstam cuando la Embajada de Suecia en Santiago dio asilo a cientos de perseguidos por la represión pinochetista. Como se sabe, Suecia se hizo cargo de los intereses de Cuba en Chile tras el golpe, y quienes nos refugiamos en la sede de la Embajada cubana, obtuvimos la protección diplomática sueca, por ello pudimos convivir con Edelstam hasta mediados de noviembre cuando recién pudimos abandonar el país y recomenzar nuestras vidas en este país que nos acogió. Eramos jóvenes y el desenlace del drama político y social chileno nos dolía como propio.Un año antes por idénticas circunstancias, habíamos tenido que dejar Uruguay y lo que nos volvía a suceder era como un doble asesinato a la esperanza.

Otra vez se alejaba en nuestras patrias el sueño de tener lo justo, lo que tenemos que tener. Así nos sentíamos, repitiendo un episodio ya conocido, de tener que soportar tanta ignominia, tanta fuerza bruta impuesta por una minoría de privilegiados que no admitía la justicia para los más, que Allende había intentado instaurar. El asedio y los riesgos acompañaron a chilenos y latinoamericanos hasta el propio refugio que Harald nos dispensó. El propio recinto con inmunidad diplomática estaba rodeado de soldados armados a guerra con cerradas descargas de sus fusiles, o por el asedio de un helicóptero que sobrevolaba y se detenía sobre los techos de la embajada encandilándonos con potentes focos, intentando perturbar por las noches nuestro descanso. Cada noche, tarde ya, llegaba Harald para protegernos de un posible asalto militar; teniendo su residencia particular optaba sin embargo, por acompañar las noches de hombres, mujeres y niños que intentaban dormir.Temprano por la mañana ya no estaba. 

Luego, al paso de los días, nos fuimos enterando de como ocupaba él sus horas. Recorría los campos de concentración de la dictadura, peleaba con generales, mayores y capitanes para exigir que le entregaran prisioneros. Así le salvó la vida a un grupo de detenidos del Estadio Nacional. Buscaba y recogía perseguidos ocultos en los barrios santiaguinos y en otros lugares del extenso territorio chileno. Reunía a sus colegas embajadores y los convocaba a sumarse a la tarea de abrir de sus casas para los más buscados.Y también muchas veces por semana, los “junteros” lo llamaban a comparecer al Ministerio de Relaciones Exteriores para que el ministro fascista lo amenazara con la expulsión y le recriminara por su actitud.

A la noche, con una sonrisa en los labios y modestamente nos contaba a los noctámbulos, cuanto los había ofuscado, lo que había soportado y lo que al fin de ese día había podido obtener. Estaba en su elemento, parecía un muchacho, revivía sus años jóvenes de Oslo cuando engañaban al ocupante nazi; entonces bromeaba y decía: “los alemanes eran más difíciles”. Para muchos de nosotros Harald comenzó a ser uno más, el mejor de todos. Un embajador que se lavaba la ropa, sin mucamos, sin chofer ni guardaespaldas; un hombre que nos revelaba una Suecia que no habíamos conocido en los textos de historia y geografía.

Un luchador antifascista valiente, modesto y experimentado. Una persona con conocimientos amplios y profundos de nuestras realidades, pero sobre todo con una sensibilidad y comprensión poco común en un europeo proveniente de la clase alta y la diplomacia.

Una noche de un fin de semana que Harald inventó para nosotros, nos trajo empanadas y dispuso que se descorcharan unas botellas de “Casillero del Diablo”; quizá porque nos veía tensos y preocupados en nuestro forzado encierro. Entonces propuso que cantáramos y él mismo arrancó en español entonando aquellas coplas de la Guerra Civil española : “Que culpa tiene el tomate que lo pongan en la lata…” que hablan de Franco, su mujer, de pobres y de ricos.

En aquellos días Harald Edelstam era un hombre más de la resistencia, que nos hablaba de su aprecio por Allende, de su relación en Guatemala con el jefe guerrillero César Montes. Un hombre muy alto, al que los niños se le colgaban de sus largas piernas y que él los levantaba en brazos para darles un beso, cuando descendía de su coche al regresar a la embajada. Después Harald nos siguió ayudando en las luchas contras las dictaduras desde el exilio. Nos acompañó junto a Olof Palme cuando los uruguayos los invitamos a una fiesta de agradecimiento en Stadshuset de Estocolmo; en jornadas de protestas, en el festejo del número 100 de Liberación.

La imagen y la valiente actitud de Harald seguirá viviendo en nuestro recuerdo, como en los días de Santiago.

 


 
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