de cómo sobrevivir el multiculturalismo

 

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De como sobrevivir el multiculturalismo

sin perder el humor… o el trabajo.

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MYRNA LÓPEZ  

(Myrna es centroamericana y trabaja como asistente social en Suecia) 

 

– Myrna, puedes venir a la recepción un momento? Aquí hay un hombre que habla “extranjero” y no entendemos qué dice, puedes ayudarnos?

No deja de ser un cumplido que la gente en la oficina de asuntos sociales donde yo trabajo como asistente social, crea que yo hablo todos los idiomas del mundo. Una vez me llamaron para preguntarme si yo podía traducirle a un vietnamita que quería saber donde podía cobrar su premio de una lotería local. Y digo que podría ser un cumplido si es que yo no supiera de que no se trata de mi presunta competencia lingüística, sino de que nuestra recepcionista divide el mundo en dos universos homogéneos, a su modo de ver: Suecia en donde el centro de gravitación del mundo es la pequeña población en la cual trabajabamos ambas y “elrestodelmundo”, que incluye todo lo demás.

La principal responsable de que la gente en el trabajo siga pensando de que yo hablo todos los idiomas del “restodelmundo” soy probablemente yo misma, porque vengo siempre y con mi paciencia indígena trato de entender lo que la gente quiere decir con sus sustantivos, verbos mal conjugados y gestos de desesperación; más por el hecho de que me identifico con personas que viven una situación idéntica a la que yo he vivido cuando recién había llegado a Suecia. Y entiendo casi siempre de qué se trata.    

Esta vez se trataba de Emir, un padre de familia árabe con cuya familia yo había hablado muchas veces a través de una crisis muy difícil. Su mujer había viajado a su país, y había regresado con un presente para mí: un anillo de oro.

Y allí estaba Emir en la recepción tratando de explicar que quería entregar este presente de navidad en este lado del mundo, donde venir con presentes para una persona que es autoridad delegada por el estado o la municipalidad, es directamente traducido como intento de soborno.

Pero Emir estaba tan contento y satisfecho de poder dar este presente!! Era como reivindicar el maltrecho honor de su familia que desde que llegó a Suecia se había convertido en “receptora” de ayuda. Ahora que él iba a dar, iba a hacerlo en grande. Estaba parado frente a la ventanilla de la recepción con medio cuerpo vuelto hacia las otras personas que estaban en la sala de espera, como queriendo decir: Vean, yo no soy solo un pobre hombre que recibe la ayuda social de este país, cuando yo doy, puedo dar como un gran señor !!!

Sentí inmediatamente dieciséis pares de ojos encima de mi extranjera piel, pendientes de lo que yo iba a hacer o dejar de hacer. Decidí tomar el anillo para no someter a Emir a la vergüenza de hacerle una “corrección cultural” en público, y le di una cita para el día siguiente, donde pensaba explicarle cuidadosamente, con la ayuda de un traductor la razón por la cual yo no podía recibir un anillo de oro de parte de su familia, según la ley de La Administración Pública del Reino de Suecia . Pensé también que iba a informar a mi jefe de cómo pensaba resolver el problema para que ella tuviera argumentos en caso de que uno de los espectadores de la sala de espera decidiera cuidar la moral de los funcionarios de la municipalidad a través de informar al (diario) KvällsPosten que nosotros recibíamos sobornos en forma de anillos de oro árabes.   

Tan pronto como Emir se fue, vino nuestra recepcionista Birgitta- también ella celosa cuidadora de la moral de las gentes en general- a mi cuarto de trabajo para comentarme que – Qué maravilloso que nuestros inmigrantes habían aprendido ya nuestras costumbres- se refería naturalmente a la navidad. Yo le contesté, medio en broma, que Jesús era en realidad paisano de Emir. No seríamos nosotros que heredamos las costumbres de ellos? – No, me corrigió mi compañera de trabajo, Jesús nació en Israel, y en Israel la gente es más occidental: Hablan su idioma pero también inglés. Eso lo había visto ella misma en un viaje charter que hizo a Israel.

Emir vino puntualmente a la cita conmigo. Le expliqué que yo agradecía muchísimo su gesto pero que no podía aceptar el anillo porque la ley de La Adminisstsracion pública decía que… Me miró sin entender una palabra. Qué tenía la ley que ver con esto? Aquí se trataba de mostrar el aprecio que su familia me tenía y de cómo uno pagaba las deudas para preservar la honorabilidad de la familia. Discutimos una media hora sobre el tema, durante la cual yo ensayé todas las variantes que se me ocurrieron, que yo podía perder mi trabajo, por ejemplo, Emir no quería someterme a este riesgo, no es así.?

Por supuesto que él no quería que yo corriera ningún riesgo, pero porqué tenía yo que decirlo? Esto podía ser un secreto entre él y yo…. Yo sabía ya todos los secretos de su familia, un secreto más no importaba tanto… Pronto descubrí que no llegaríamos a ninguna parte, y ya comenzaba a perder la esperanza, cuando el propio Emir tuvo una idea salvadora al decirme:

– ¿Es tu esposo, verdad?

Al principio no comprendí la pregunta, que tenía mi marido que ver en esto? Tenemos un pacto tácito de no hablar de cosas ocurridas en el trabajo para no llevar los problemas a casa, así es que yo ni siquiera le había comentado nuestro dilema intercultural. De repente comprendí que para Emir era claro que mi hombre, rector de mi moral por mandato de Allah tenía que aprobar o desaprobar si yo podía aceptar un regalo, y no una idiota ley de Administración pública.

Así es, le dije, conciente de mi mentiroso pragmatismo, y confiando de que el tomara los claros signos de vergüenza en mi enrojecida cara por señal de que el había dado en el clavo: Descubrir que yo era solamente una mujer sujeta a su marido- como dice el Corán, como debe ser- fingiendo ser independiente en el mundo de los suecos para poder trabajar y ganarme la vida.

– No te preocupes, me dijo con aire suficiente. Lo comprendo. Quieres que hable con el y le pida que te deje aceptarlo?

Ahora tenía ese aire de perdonavidas, tan familiar para mí, recordándome los patriarcas que poblaron mi infancia en El Salvador.

– No, le dije, eso sería peor.

O.k. me dijo dispuesto a aceptar la universal verdad de que donde manda capitán, no manda marinero, se puso la mano sobre el corazón mientras hacía una leve inclinación de cabeza en señal de respeto y se fue satisfecho.

Después he oído el rumor de que Emir opina que yo soy una señora muy honorable. Cuando le conté a mi marido esta historia, que me dio el título de honorable, pude ver en su cara también, ese pequeño gesto patriarcal de satisfacción por estar casado con una mujer tan decente.

 


 
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