ionica, el museo y el libro de honor

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“Es una lástima que la gente de afuera del museo sea la real”

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Adina RĂDULESCU-TUDOR
de “Si el mundo del museo fuera real”/”Dacă lumea muzeului ar fi reală”
Dilema Veche 25-08-2006

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El museógrafo Cioanca me dice, que cualquiera viene a ver mounstuos en frascos. No, yo no he venido para eso. El hecho de ser la única casa de Rumania en estilo Tudor, justifica mi camino hasta aquí. Me encanto, doy vuelta los ojos y encuentro que esta curiosa casa tan imponente vista desde afuera, con sus motivos góticos de piedra, y tan llena de alma por dentro. Esto se debe además a la familiaridad con la que el museógrafo me presenta a Ionica, una “visita premanente”, que en su camisa lleva bordado con letras de imprenta: GUARDIA. Sin embargo, con la información sobre el museo da la sensación de que esta es una casa habitada, aunque desde la muerte de Ligia Minovici, ya no viene más gente que museógrafos y guardias, son muy raras las visitas.

 
Los caminos por los que se puede llegar al “Museo de Arte Feudal de Apuseni Ingeniero Dumitru Minovici”, son enredados. No hay dinero para publicidad, las promesas son difusas, la página web está en construcción, no quedan más que los tours gratuitos. Quien busca, encuentra. Antes del ´89, cuando había contacto con la ONT, en el Libro de Honor se podían ver 6000 firmas anualmente, de las cuales 4000, eran de visitantes extranjeros. Jaques Chirac visitó el museo como primer ministro, comisarios de la ACNUR, personalidades de Japón, Alemania, Austria, o Africa del Sur. Ionica fue juntando, a través del tiempo, muchísimos autógrafos de actores: Dinică, Nicolaescu, Albulescu.

 
Quienes vienen al museo son de todas partes. No importa si son de la taberna o del club de los hombres de negocios, del parque o de la facultad de arquitectura, o la misma Princesa Margareta; a todos los marca la estadía en el museo. Lo reflejan los últimos saludos dejados en el Libro de Honor, como por el Osito Trovador u otros parecidos. Algunos saludos son patéticos y redundantes, otros graciosos y originales, patrocinados por el infaltable “Supermuseo!”.

 
Y es que no es poca cosa enterarte de que “aquí está el rai, no donde dicen los curas”, que “es una lástima que la gente de afuera del museo sea la real”, que Bogdan ama a Cristina y por eso los dibuja, invadido por la fiebre del arte, un laberinto que parte desde él a ella, que unos hacen promesas de restauración, mientras otros saben que “la indiferencia máta, y puede matar lugares también”, que la atmósfera es misteriosa, pero que el museo se vé igual que cuando murió Ligia Minovici, que alguna gente, accidentalemente, cobijándose de la lluvia, vió el museo y depues volvió con sus colegas de trabajo. El Libro también guarda en sus páginas de honor, las profecías de los estudiantes chilenos de la época de Salvador Allende, cuya historia sin embargo, no les dio la razón: “Venceremos! Viva la Revolución!”.

 
Alrededor, todo tiene una historia: cada pieza expuesta, el museo, el ingeniero. El señor museógrafo y Ionica. Este último, conociendo a los esposos Minovici, nos cuenta muchas historias, oídas o vividas…

 

 

 

 

 


 
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