RECUERDOS DE SEGUNDA GENERACIÓN

ATRAPADOS EN EL PALÍNDROME DEL SIGLO 20

Extraña ironía la de salir arrancando de un régimen militar que comenzó un día 11 y llegar a refugiarse al edificio numero 11 del barrio “Militari”. Como un juego, quizá obligado por lo drástico del cambio, empecé a buscar similitudes entre lo viejo y lo nuevo. Pronto descubrí que el uniforme escolar rumano era igual de azul marino que el chileno y el himno nacional igual de aburrido que el nuestro. Las diferencias entre el hemisferio norte y el hemisferio sur, entre Santiago y Bucarest fueron encontrando puntos comunes, como una imagen repetida en un espejo. Un palíndrome invertido, diría mi profesor de teoría de la imagen, donde todo es igual pero al revés.

Yo y mi amigos vivimos una realidad partida en dos, Chile y Rumania, antes y después, socialismo y capitalismo. Dividimos nuestro mundo entre lo que sentíamos y lo que debíamos sentir, lo que pensábamos y lo que debíamos pensar. Porque aunque añoráramos nuestra tierra debíamos estar contentos de vivir en un país socialista, y aunque quisiéramos vestirnos de jeans debíamos rechazar el capitalismo. Sobre la crueldad de la extrema derecha no nos caía duda, pero muchas veces se nos hizo difícil creer que lo opuesto era mejor. A los desconformes les explicábamos que era ridículo pedir libertad cuando se tenía educación y medicina gratuita. Más difícil se hacía nuestra tarea de rígidos pequeños revolucionarios cuando nuestros propios compatriotas empezaron a traspasaban las fronteras del socialismo para luego volver con las manos con billetes y regalos de colores.

Empezamos a dudar de la veracidad de nuestro mundo binario. Quizá las cosas no eran tan simples y la policía secreta del proletariado fuera igual de temible que la policía secreta de la burguesía. Después de un tiempo ya no sabíamos cual era la Alemania buena y cual era mala, ni si allá fuera estaba la perdición o la salvación. Sentimos culpa, porque en un mundo dividido en una mitad positiva y otra negativa, si no estás con una, estás con la otra. Pero como los humanos somos más complicados y más ingeniosos que las teorías y las doctrinas, pronto descubriríamos aliviados que entre los dos polos habían matices. Debía existir un lugar a media distancia entre los dos mundos, que conciliara los extremos. Este lugar imaginario debía ubicarse, según mis cálculos, en el Océano Atlántico, cerca de la línea ecuatorial. Pero en realidad se encontraba en muchas partes. Algunos lo encontraron en Suecia otros en Venezuela y quizá alguien lo encontró dentro de sí mismo.
(escrito por “Gindac 157″, en el blog de los chilenos de Rumania)

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Niños chilenos y rumanos en la escuela nro. 157 del barrio “Militari”, en Bucarest (durante los ´70)

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VISITA OFICIAL

Me acuerdo que un día, en agosto del 1975, me levanté, bajé a la calle y ví que nuestro edificio (donde vivían solamente chilenos) estaba rodeado de militzieni (milicianos) con metralletas. Creo que le pregunté a uno de ellos por qué estaban allí, y supe que era porque ese día llegaba a Rumania el presidente de los EEUU, Gerald Ford, junto a Henry Kissinger. Igual no entendí para qué tenían que rodear nuestro edificio (ningún otro). Era completamente absurdo…

Algunos rumanos de los edificios vecinos venían llegando del aeropuerto donde habían tenido que ir a recibir al presidente y a festejar a Ceausescu. Creo que incluso mi hermano no había tenido clases porque a sus compañeros los habían llevado para allá, pero él no había querido ir. Los niños de los edificios vecinos venían llegando del aeropuerto y andaban con banderas de los EEUU, y nosotros los niños chilenos les pegámos un empujón y les quitamos las banderas. A una le prendimos fuego, la levantamos al aire y corrimos con la bandera en llamas…
(escrito por “Comandanta Gindaka”, en el blog de los chilenos de Rumania)

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Ceausescu y el presidente Ford llegando al aeropuerto de Bucarest, agosto 1975

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TIEMPO CLAUSURADO

Me produce una emoción muy profunda ver las fotos de Rumania y recordar.
El tiempo que pasé en Rumania quedó clausurado, atrapado en un lugar de mi misma que siento vértigo de mirar.

Con la complicidad de casi todos los adultos que encontré después de irme, di vuelta a la página como si nada de lo vivido allá hubiese realmente pasado.
Y con el tiempo uno empieza a creer que nunca pasó, que el pasado no existe, que los dolores y también las alegrías no nos sacaron ni una lágrima del alma.

No hablar de Rumania fue siempre cómodo para todos. Lo sigue siendo.
Para mi, sentir palpitar este pasado lleno de historias increíbles, me pone enormemente feliz y con la piel de gallina.
(la Panchi, en el blog de los chilenos de Rumania)

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la Panchi en la terraza del bloc M-11, Bucarest 1975 (aprox.)

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DE LA ESCUELA:

Hay recuerdos muy tristes de la escuela, pero una siempre tráta de acordarse de los mejores. En éste momento quiero recordar los últimos años que pasé allí, no los primeros (son demaciado tristes). En el último año, el dolor de estómago que sentía todos los días camino a la escuela, lo superaba pensando que de todas maneras haría alguna travesura con mis amigos y compañeros de curso, e igual nos reiríamos a carcajadas, a pesar de todo.

Mi curso era el más malo de toda la escuela, lo habían hecho con todos los alumnos que los profesores no querían en sus clases. El mejor curso era el “A”, y el nuestro era el “septimo F” (clasa a VII-a F); despues de la F no había otro…Allí nos habían relegado de otros cursos a los seis chilenos que estabamos allí, por alegar mucho y ser un mal ejemplo para los rumanos, que a causa de nuestras protestas habían empezado a preguntarse si realmente los profesores tenían el derecho a pegarles todos los días, como había sido siempre. Allí habían relegado tambien a los gitanos, por ser gitanos, y a los demás niños con problemas (muchos problemas) y malas calificaciones. Fuera de eso, nos pusieron un profesor jefe que al parecer lo habían mandado a esa escuela en la periferia de la ciudad como castigo (no era un “buen” barrio precisamente…), porque sin duda era contrario al sistema, ya que un día lo estaban esperando unos tipos de impermiable y gafas oscuras que pertenecían a la Securitate (servicio de inteligencia), en la entrada de la escuela. Nuestro profesor era el único en la escuela que tomaba en cuenta nuestras opiniones y al que realmente le improtábamos.

Un día que teníamos que elegir comandante de curso, nuestro profesor jefe nos dijo que eligiéramos a quién quisiéramos, que no pensaramos en que tenía que ser el mejor alumno, con las mejores calificaciones, como era la costumbre. Tambien nos dijo que los chilenos también podríamos ser elegidos como comandantes, que no importaba que no fueramos rumanos. Así como también dijo que hablaría con la directora para que a los chilenos también nos dieran las pastillas de fluor que les daban a los niños rumanos todos los días. Era algo extraordinario…algo nunca antes visto o imaginado.

Cuando fueron las elecciones de pioneros comandantes, elegímos de “comandant de destacament”, es decir de jefe de curso y comandante de la organización de pioneros socialistas, al peór alumno de todos, al más flójo, el más descachalandrado, el que tenía fama en toda la escuela por ser desordenado y mal alumno. Pero lo queríamos, era simpático y era de los “nuestros”, y queríamos subirle el autoestima. Cuando llegó la directora a la clase a buscar a nuestro comandante de curso para sacarle una foto y ponerla en la pared de la entrada de la escuela junto a la foto de todos los demás pioneros comandantes, de las banderas del Partido Comunista y de la Republica Socialista y frente al retrato de Ceausescu, quedó sumamente desconcertada, por un momento pensó que le estaban tomando el pelo y no entendía nada. Cuando se dio cuenta de que era en serio, le vino el ataque. Quedó la grande. Nuestro profesor fue llamado a control, y nosotros obviamente tuvimos que cambiar a nuestro “comandant”…

Recuerdo los ojos llenos de lágrimas de mi profesor, un día que me hizo leer la tarea que nos había dado en el curso de dirigentzie (conducta;“dirección”): escribir sobre qué entendíamos por “honestidad”. Mi tarea terminaba con unos versos de José Martí, que decían que un ciudadano que no lucha por sus derechos y los derechos de los demás, no es un ciudadano honesto… Mi profesor se quedó mudo, y todos pudimos ver su cara enrojecida, amargada, impotente y con los ojos húmedos, a punto de estallar…

Me acuerdo de los punteros de madera que habían en cada clase, uno grueso y uno delgado. Algunos profesores que eran más “democráticos”, cuando le iban a pegar a algún alumno con el puntero, le daban a elegir entre uno de los dos. Al principio, los que estaban acostumbrados a que sólo les pegaran en las palmas de las manos con la regla de madera, elegían el más delgado, pero pronto aprendieron que era el que más dolía…

Me acuerdo de la sala de istorie (historia) y la vitrina con balas y proyectiles en todos los tamaños, de la segunda guerra mundial, encontrados alrededor de la escuela, en el barrio Militari. La profesora de historia alabando al partido comunista, y mi compañero rumano riéndose al escuchar la frase “poporul este multumit…” (el pueblo está agradecido).

Tambien me acuerdo de los pájaros y animales embalsamados llenos de polvo al fondo de la sala de chimie si biologie (química y biología). Creo que la sala no tenía ventanas, porque era como bien oscura, y siempre tenía olor a azufre o algo así. En las paredes habían tablouri (cuadros) antiguos, como de los años´50, con sistemas gráficos del cuerpo humano, aves, células…y la tabla periodicã de elemente. Estaban los delantales blancos, los tubos de ensayo y los mechéros, el esqueleto humano blanco-amarillento todo viejo y desgastado colgando al frente del pizarrón negro, y por supuesto, el retrato retocado de Ceausescu arriba de la catedra (mesa del profesor). No sé por qué me recuerdo esa sala como el laboratorio de Frankinstein, algo así…

Tambien me acuerdo de la dentista de la escuela y su asistente. La dentista era una gorda grande, y la asistente una más más chica, con el pelo teñido super negro, con bigotes y los labios siempre como recién pintados con una tonelada de rouge super rojo, cuyo olor se sentía con sólo entrar al cabinet, antes que ella se acercara. La gorda, para sacar las muelas apoyába toda su tremenda rodilla y parte de abajo de la pierna encima del alumno, introducía el alicate en su boca, mientras la asistente le sostenía los brazos agarrados por detrás del asiento al alumno.

La muela se demoraba en salir y comenzaba a sonar como quien apachúrra con un alicáte una caja de fósforos de madera. La inyección de anestesia se la habían puesto al alumno sólo unos segundos atrás, y todavía no hacía su efecto. Así es que ante los gritos, los demás alumnos que estaban parados en fila detrás de la silla del dentista esperando su turno, comenzaban a tiritar, y algunos se arrancában para nunca más volver. Creo que el fin de la inyección de anestesia era solamente aliviarte un poco DESPUES, para que vayas olvidando la tortura…

Durante un tiempo eramos 45 alumnos en nuestra clase y teníamos que sentarnos de a tres en los bancos para dos. No sé como lo habrán hecho los que tenían que sentarse al medio, por el fierro ese que había…Se me viene la imagen de nosotros sentados así, afuera ya era de noche (teníamos clases en la tarde) y nosotros adentro con los abrigos y gorros puestos porque era invierno y no había calefacción (nuestra sala quedaba en el lado antiguo de la escuela)…
(escrito por “Comandanta Gindaka”, en el blog de los chilenos de Rumania)

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La clase VII-F, escuela nr. 157, Bucarest, 1979 (ultimo día de clases)

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LAS CUCARACHAS UNIDAS…

cucaracha1.jpg Recuerdo la primera vez que vi una cucaracha (un gindac) en nuestro departamento de Alea Zorelelor. Fue en el lavamanos y parece que nunca había visto una, porque me pareció muy simpática y me pasé un rato jugando con ella. Todavía no comenzaba la persecución de estos pequeños seres que sigilosamente fueron invadiendo nuestras cocinas, nuestros baños y nuestras vidas. Pronto los vecinos empezarían a intercambiar datos sobre cómo exterminarlos, pero nuestras nuevas visitas habían llegado para quedarse. Hoy me doy cuenta de lo simbólico del hecho. De todas las cosas que teníamos en común con estos invasores de color café, que luchaban por un espacio en nuestro edificio al igual que nosotros en esa ciudad. Nosotros somos como los gindaci (cucarachas), esos insectos que, según Gabriel García Márquez en Cien años de Soledad, son los más antiguos de la tierra y serán los últimos en extinguirse, por su asombrosa capacidad de adaptarse a las más diversas condiciones de vida.

Somos sobrevivientes capaces de soportar el calor sudamericano igual de dignamente que el frío europeo, comemos la cazuela de campo igual de gustosos que la ciorba taraneasca (sopa rumana) y podemos mandar a alguien a la concha de su madre con la misma gracia que lo mandamos a la pizda ma-sii (lo mismo, en rumano). Celebramos la Navidad con o sin Viejo Pascuero. Para el año nuevo decimos “Feliz Año Nuevo” o “El Próximo en Chile”, dá lo mismo. A las catástrofes las llamamos terremoto o cutremur, nos cagamos de miedo igual. Podemos ser pobres o podemos ser straini (extranjeros). A todo nos adaptamos. A pesar de los insistentes ataques con productos químicos, agua fría, caliente, patadas y garabatos, nunca logramos aniquilar a las cucarachas. Y yo no sé si ellas aprendieron algo de nosotros, pero nosotros aprendimos a ser igual de porfiados que ellas y hoy seguimos de pie. Unos más rallados que otros, pero de pie.

(escrito por “Gindac 157″, en el blog de los chilenos de Rumania)

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AMIGOS RUMANOS

Llegó la hora de rendirle un homenaje al pueblo rumano. Pero no al pueblo como concepto abstracto, sino al rumano de carne y hueso. Más que al hombre o la mujer desconocidos de la calle, al compañero de curso que nos alentó en el estudio y solidarizó con nosotros en el fracaso, al vecino con el que jugamos y con el que peleamos, pero que creció junto a nosotros. Muchas veces hemos escuchado y expresado comentarios negativos sobre quienes fueron nuestros anfitriones durante esos años, y quizá no sea extraño si pensamos que en todas partes existe bueno y malo. Pero justamente por esa razón, esta vez quisiera centrarme en lo positivo, la gente, los amigos. Recuerdo, por ejemplo, a un compañero de curso que se preocupaba por mis bajas calificaciones y que incluso me escribió una carta una vez, tratando de incentivarme a estudiar más. También recuerdo a una compañera que al más leve indicio de depresión se acercaba a preguntarme como me sentía.

Creo que todos tuvimos la suerte de encontrar gente así en Rumania. A pesar de ese tipo de experiencias, muchas veces, nos fijamos demasiado en los aspectos negativos de quienes íbamos conociendo. Tal vez rechazamos lo nuevo por nostalgia, pero también pecamos de arrogantes por miedo a lo desconocido, sin darnos cuenta que nosotros éramos los principales perjudicados. Para fortuna nuestra los rumanos no se achicaban ante ese tipo de actitudes y no faltaron quienes fueron nuestros cercanos aún después del colegio. Muchos se transformaron en amigos de verdad y estuvieron junto a nosotros en las buenas y en las malas, a pesar de nuestros prejuicios.Una de las cosas que nos encantaba usar como argumento, para descalificar a los rumanos, era que su amistad siempre era interesada o, por lo menos, que no se sabía cuál era el verdadero propósito de su acercamiento. Lo más probable es que esa mirada maliciosa nuestra, haya truncado muchas hermosas experiencias.

De todas maneras los lazos afectivos se fueron estrechando entre ellos y nosotros. Sin darnos cuenta se pasó de la amistad al amor y en muchos casos al matrimonio. No son pocos los rumanos o rumanas que decidieron enfrentar la vida junto a alguno de nuestros compatriotas. Ese tipo de uniones no son pasajeras. Hoy día, en los dos países, hay niños que son mitad rumanos y mitad chilenos, que hablan los dos idiomas y llevan en sus genes las dos culturas. Ellos son fruto de la superación de los prejuicios, de la hermandad que nació entre los que llegamos y los que nos recibieron, merci.
(escrito por “Gindac 157”, en el blog de los chilenos de Rumania)

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foto: Lorena con sus compañeros rumanos en la escuela del Drumul Taberei, Bucarest, años ´70)

157 me hizo acordar de una cra. de curso que yo tenía, una rumana que aprendió a hablar español (o mejor dicho “chileno”), de tan sólo escucharnos hablar entre nosotros, a sus cros. chilenos de curso. Cuando me fui de Rumania nos escribimos bastante, pero al final a ella no le llegaron más mis cartas, seguramente porque el papá tenía problemas con la Securitate (servicio de inteligencia), era administrador de un bloc y lo acusaron de recibir ciubuc (coima), y estuvo 2 años en la cárcel. Es de suponer que la coima no era la causa, en un país donde la coima era la regla para poder conseguir algo…si no más bien el omitir opiniones contra el gobierno, o no caerle bien a alguien.

Me acuerdo que las estampillas y monedas chilenas que yo le había regalado a mi amiga, ella las tenía escondídas y no se las mostraba a nadie, para que no volvieran a acusar a su papá. Mas tarde, ya viviendo en Suecia, las veces que viajé de vuelta a Rumania volvimos a encontrarnos y cada vez fuimos las amigas de siempre. Una de esas veces estabamos donde unos de sus amigos rumanos y uno de ellos se puso envidioso porque yo vivia en en un país capitalista, y empezó a ser irónico y tonto conmigo. Entonces mi amiga le preguntó indignada e igual de irónica si acaso el sabía donde yo vivía cuando vivía en Rumania. Que para que supiera yo era del (barrio) Militari, y había vivido allí igual que cualquier rumano, entre las cucarachas y los sobolani (guarenes), no como él, que vivió siempre en el centro, en el barrio de las exepciones…
Esa vez me sentí orgullosa del Militari… Pero más que nada, me sentí orgullosa de mi amiga.
(escrito por “Comandanta Gindaka”, en el blog de los chilenos de Rumania)
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GITANOS

Me acuerdo que cuando llegamos al Cartier Militari todavía quedaban casas alrededor de nuestros edificios. Al cabo de uno o dos años las había echado a bajo y, en el espacio que quedó antes que construyeran nuevos edificios, llegó una caravana de gitanos. Una de las ultimas, quizá la ultima, caravana de gitanos libres de Rumania.Un día un par de esos niños nos hablaron y, no acuerdo por qué razón, nos dijeron: “ustedes son más gitanos que nosotros”. ¿Sería por que ya se daban cuenta que era feo ser gitano y se avergonzaban?

Seguramente ustedes recordarán que en Rumania los gitanos era tan discriminados como en todos los otros lugares del mundo. “Tiganule” podíamos escuchar en la calle cuando alguien quería insultar a otro, y más de una vez nos lo dijeron a nosotros. Todos tuvimos un compañero de curso gitano. Eran los más morenos y muchas veces los profesores se ensañaban con ellos, humillándolos, descargando su rabia. Quienes llagaron a la universidad se habrán dado cuenta que no eran muchos los gitanos que llagaban hasta allí. Que se quedaban pegados en los trabajos “necalificati”. Por estar en una situación similar, nosotros solidarizábamos con ellos, sin embargo nunca nos interesamos más allá de lo justo y necesario. Nunca les preguntamos por sus costumbres, su historia, su idioma. En cambio ellos si nos preguntaban a nosotros. Hoy me pregunto si realmente esos niños de la caravana se avergonzaban de ser lo que eran o si en realidad lo que nos quisieron decir fue que nosotros teníamos aun más problemas que ellos.

(escrito por ”Gindac 157″, en el blog de los chilenos de Rumania)

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CREÍAMOS EN LO IMPOSIBLE

Mirando las fotos de nuestra juventud me di cuenta de lo hermosos que éramos. Nuestros cuerpos llenos de vida, nuestras miradas empañadas de inocencia y nuestras manos cargadas de esperanza. Hoy resulta difícil imaginar cómo era nuestro mundo entonces, pero recuerdo que estabamos convencidos de que podíamos hacer lo que quisiéramos con él, porque era nuestro. Lo íbamos a cambiar todo, porque sabíamos que las cosas podían ser mejor. Sin corcel, sin armadura, sin siquiera un país, todo lo cambiaríamos con la fuerza del corazón. “Esto no está bien: hágase de nuevo”, “esto no me gusta: hágase mejor” y así hasta que todos fuéramos felices. Era perfectamente posible, porque teníamos la razón de nuestra parte y la historia nos había elegido para llevar a cabo esta noble tarea. Eramos los hijos de la tierra, esperando una señal para salir del capullo y llenar el cielo de colores.Nunca supimos que habíamos sido derrotados.

No nos dimos cuenta que no teníamos ninguna posibilidad, que al mundo no le importaba donde estabamos, qué hacíamos ni qué pensábamos. Toda nuestra alegría de vivir se la debíamos a nuestra juventud. Éramos hermosos justamente por eso, porque no teníamos miedo y creíamos en lo imposible, porque más nos importaba todo lo que podíamos conquistar, que todo lo que no teníamos. A veces me gustaría volver a ser así. Sentir que algo gigantesco va a ocurrir el próximo instante, pensar que le hago un favor a la ciudad cuando paseo por sus calles y creer que las cosas siempre cambiarán para mejor. Por qué no hacerlo, creamos de nuevo en todo eso y detengamos el tiempo. Retrocedamos la historia y volvamos a ser hermosos como los jóvenes de las fotos. (por “Gindac 157″, en el blog de los chilenos de Rumania)
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RECUERDOS

Recuerdo que lo pasaba muy bien con mis compañeros rumanos en la escuela. Eran buena onda los rumanos. Con algunas amigas nos estuvimos escribiendo hasta hace algunos años atras. Y el otro dia me metí al colegi.ro y me encontré con algunos nombres conocidos. Uno de mis compañeros me respondió Y nos hemos empezado a escribir. Recuerdo que me iba bastante poco digno en la escuela, y me encantaban los 10 que me ponian por participar en el coro. Como a los diez años, tuve una guitarra que mi tío del Quelentaro me había mandado. Quise entrar a un grupo de música que había en la escuela, con la intención de que la profesora me enseñara a tocar la guitarrita mia; y me dijo que yo no podía por ser chilianca (chilena). Tenia sus razones la Sra. Resulta que antes le había enseñado a unos chilieni y estos apenas aprendieron se habian echado el pollo y nunca mas la habian pescado con el grupo de ella. No hubo forma de hacerla cambiar de opinion. Ahora pienso que tal vez si le hubiese llevado O tuica (aguardiente), asa ca cadou (de regalo), hubiera tenido mejor suerte. Recuerdo que mi mamá tenia que llevarle Wisky sau Tuica a mi învatatoare (profesora) para que se le quitaran las ganas de pegarme cuando estaba entre 1º y 4º en la scoala generala (la escuela). Y era algo tácito. Cuando se le acababa su ración mis viejos cachaban al tiro porque yo empezaba a llegar toda zamarreada a la casa.

Recuerdo tambien unos paseos maravillosos que hacía con mi papá en bicicleta los domingos en primavera y verano. Partíamos en la mañana tempranito (me imagino que tipo 10) por la calle Prelungirea Ghencei hacia el sur y nos intenabamos en unos sate muy hermosos, veiamos el campo rumano en su esplendor, una vez nos encontramos con una nunta (un casamiento). Ibamos a veces hasta el Uremoas, y otras veces llegamos al Buda Arges. Recuerdo una escuela de sordomudos que habia en alguna parte por ahí, parecía carcel. Y ahora me doy cuenta del enorme sacrificio que hacia mi papá por dejarme esos lindos recuerdos. Se trabajaba hasta el sábado y el domingo era su único dia para descansar; trabajaba en la Uremoas (industria): muncitor calificat- matriter (obrero “calificado”).

Tambien me acuerdo de…

PARTIDUL

Oriunde merg
În tot ce simt
Alaturi esti iubit partid.
Esti scoala noua, casa frumoasa,
Esti pîinea calda ce o avem la masa
Esti cîmpul verde ziua senina
Hidrocentrala ce ne da lumina
Partidul Comunist Român.

(¿Alguien se acordará de esa poesía? Era del abecedar…)

EL PARTIDO

Por donde vaya
En todo lo que siento
A mi lado estás amado Partido
Eres la escuela nueva, la linda casa,
Eres el pan caliente que tenemos sobre la mesa
Eres el campo verde en el día despejado
La central hidroeléctrica que nos dá la luz
Partido Comunista Rumano

(escrito por Lorena, en el blog de los chilenos de Rumania)

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Lorena en el jardín infantíl (la segunda de la derecha), Bucarest años´70
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